sábado, 5 de noviembre de 2016

Juramentos


por Victoria García Jolly


Ella miraba a través de la ventana. Su mente en blanco, agotada. Él recogía cosas de todos lados, apresurado las guardaba desordenadamente sabiendo que la pondría frenética, y eso le causaba cierto placer. Pero ella lo pasó por alto esta vez, su mirada insistía en atravesar la ventana y buscar un punto fijo lejos de la habitación. Era inútil, las lágrimas opacaban su visión. Agitado, él terminó su quehacer. Todo estaba listo y dispuesto. Con las palmas abiertas se palpó el cuerpo y revisó sus bolsillos  para verificar que nada olvidaba. Ella continuaba sin mirarlo. Ya en la puerta, justo antes de azotarla, él se atrevió a amenazarla: te juro que podemos ser felices. Y se fue para no volver.

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Cuando él le juró que podrían ser felices, a ella no se le ocurrió más que hacer sus maletas y largarse.

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Cuando él con vehemencia le juró que podrían ser felices, ella, invadida por una seguridad inusitada, una sensación de libertad renovada y cantando de felicidad, sacó del armario sólo aquello que cupiera en la única maleta que pensaba llevar a su viaje sin retorno.

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—La única manera que encontré para cumplir tu juramento de ser felices fue empacando tus cosas y no volver a verte jamás. —Te dije mientras el cerrajero cambiaba la chapa de la puerta.

—o—



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Todo era perfecto entre nosotros, hasta que un día, por error te envié en un mensaje mi juramento de ser felices. Lo admito, el mismo de hace un año cuando trataba afanosamente de conquistar tu amor empleando mis mejores estrategias: frases hechas y copiadas de novelas, además de las de mi propio repertorio de correos muchas veces enviados. Así fue como llegaste a la conclusión de que para cumplir tal juramento debía recoger mis cosas. Seremos felices, dijiste, sí, cada uno por su lado.


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