martes, 1 de noviembre de 2016

El deceso de un bígamo


para Cecilia E. y David G.
Tras su temprana muerte, el jefe dejó a dos viudas aún enamoradas, dolidas y demandantes. Trámites y asuntos por finiquitar requirieron la presencia de ambas en la oficina. Los pobres empleados empezaron a adoptar las viejas costumbres de su patrón, quien, con enorme audacia, había mantenido felices e ignorantes a sus dos mujeres. Además de abrazarlas y dejarlas llorar en sus hombros, cuidaban minuciosamente la agenda de visitas para evitar un fatal encuentro: cuando una venía colocaban su retrato sobre el escritorio mientras el otro era guardado en un cajón; al retirarse la primera, la operación se realizaba a la inversa en espera de la segunda.
Se ponían a tal grado nerviosos al ocultar a una la existencia de la otra, que la situación se hizo verdaderamente desgastante y comenzaba a tomar visos de película mexicana.

Con el tiempo, y ya fastidiados por completo de mocos, llantos y tristezas ajenas, y dado que ninguna de estas tareas estaba prevista en su contrato laboral ni recibirían algún tipo de gratificación o aumento de sueldo por ello, decidieron hacerlas coincidir en un arranque de malsano sentido del humor.


por Victoria García Jolly