viernes, 25 de noviembre de 2016

Bibliofilia


por Victoria García Jolly
para René
Amante de los libros desde niña, solía comprarlos y dejarlos sin leer o apenas hojeados. Se podría decir que mi meta estaba lejos de la lectura y muy cercana a la acumulación, a un vicio insano, como todos los vicios, que radicaba en el placer de poseerlos, de estamparles mi nombre y de ver cómo las filas de ellos se alargaban hasta llenar los estantes de un librero y luego otro y otro y otro.
Así sucedió con uno de estos objetos. Lo encontré en una librería de viejo; en él estaban reunidos cuentos de grandes maestros de la literatura mexicana, editado precisamente diez años antes de mi nacimiento, así que, para cuando lo hallé entre las empolvadas galeras de cierta librería, tenía un color ambarino parejo. Sin embargo, aquel ejemplar a la rústica apenas y había sido abierto, los pliegos conservaban aún sus dobleces y para revisarlo debían ser desbarbados a cuchillo. Lo acaricié e inhalé la peculiar esencia del papel viejo, ésa que siempre me hace fruncir la nariz en lugar de estornudar. Ya en casa, revisé el índice con desgana, apenas para enterarme de lo que tenía en las manos, pensando que podría leerlo más adelante, lo coloqué en el estante dedicado al género cuentístico, sólo para arrumbarlo.
Así, intocado, permaneció eternidades hasta que la ociosidad de una tarde gris trajo a mi memoria aquel viejo libro jamás leído. Sabía perfectamente dónde estaba y de qué color era; con sólo remover algunos ejemplares de la primera hilera di con el Anuario del cuento mexicano, 1955. Al tomarlo noté sorprendida que había sido desbarbado: de eso no me acordaba. Volví al índice como era mi costumbre, y en él encontré nombres que ahora me resultaban conocidos y entrañables, todos mencionados con gratitud y ardorosa devoción en exquisitas charlas de literatura con el discípulo más destacado de Juan José Arreola, Juan Rulfo, Juan de la Cabada, José Revueltas, Gastón García Cantú, Edmundo Valadez.
En particular, un autor poco conocido llamó mi atención, pues llevaba el mismo apellido que mi querido maestro, y uno de sus nombres de pila. De inmediato pensé en que debería decírselo, como solía hacerlo, mostrarle el libro en nuestro próximo encuentro e indagar sobre el parentesco. Entristecí. De súbito recordé que sería imposible, pues el emérito profesor había muerto y lo había hecho sin saber que yo tenía un libro en el que aparecía un cuento escrito, según fuentes incontrovertibles, no por su abuelo a quien inicialmente supuse el autor, sino por su tío.
Del índice salté directamente a la página 139. Al leer, todavía me sorprendí más, pues el texto trataba sobre los libros de viejo como el que tenía en mi poder desde hacía tantos años y en el que ahora descubría la afición compartida con su autor de comprar y guardar libros no leídos, por el simple placer de acumularlos: «Siempre he errado al perder una mentira o una verdad inadecuada a estos objetos. Además ignoro que son mínimamente repulsivos y nauseabundos. Sólo sé que debo poseerlos todos».