sábado, 22 de octubre de 2016

Historia de un gran amor

por Victoria García Jolly
para René Avilés Fabila con amor

Era una mujer a tal punto enamoradiza e intensa que por lo menos una vez a la semana vivía un amor de fábula con algún pasajero que tuviera la fortuna de sentarse junto a ella en el pesero; uno de esos amores que se encuentran una sola vez en la vida.
Diariamente ella tomaba la combi colectiva que iba de San Ángel a Villa Coapa para regresar a su casa. En aquel entonces, con menos coapenses y menos tráfico, el viaje duraba unos cuarenta y cinco minutos a lo sumo, el trayecto nunca ha sido corto. Al abordar miraba con cuidado a los pasajeros tratando de reconocer en alguno los atributos que buscaba en un candidato a pretendido para sentarse a su lado y, si no se equivocaba, hallar su amor verdadero.
Apenas a unas cuadras de la base, sobre avenida de los Insurgentes, antes de llegar a Ciudad Universitaria, platicaban entusiasmados de los asuntos más personales e íntimos. Bajaban la voz para que los demás pasajeros no se entremetieran en su maravillosa historia. Pasando Rectoría, y sin semáforos a la vista, ella sentía que su corazón se inflamaba de emoción al escuchar de su compañero la ardorosa y anhelada declaración de amor. Justo frente al Anexo se tomaban de las manos y sus miradas destilaban miel. Llegando a Perisur el noviazgo vivía sus mejores momentos: ambos temblando aún por el primer beso se miraban fijamente y las luces del alumbrado público hacían pensar al resto de los pasajeros en las noches estrelladas y los astros tiritando azules a lo lejos, —Neruda dixit.
En Villa Olímpica el trayecto se complicaba; abundantes autos y claxonazos distraían a la pareja de la melaza que abunda cuando los besos son tiernos y muchos. Al dar la vuelta a la izquierda rumbo a avenida San Fernando, el tráfico y los continuos enfrenones hacían estragos en el ánimo de ambos que sólo buscaban la manera de consumar su amor. La oscuridad, porque siempre estos trayectos ocurrían de noche, los protegía y disimulaba el escarceo erótico de la apasionada pareja. Pero no se podía llegar a más, las miradas y expresiones reprobatorias de los pasajeros los hacía detenerse cohibidos.
Justo al pasar frente a los velatorios de ISSSTE, un viento fúnebre los atrapaba y surgía inevitablemente la primera desavenencia, no podían acordar quién quería más a quién, quién estaba más enamorado, quién era más fiel. Cuadras más adelante, el asilo de ancianos les recordaba que tenían una vida llena de dicha por delante y lograban  reconciliarse. Apenas unos metros más, el ambiente que la correccional creaba en sus inmediaciones se hacía propicio para una pequeña pausa que él capitalizaba al fijar su mirada en una muchacha con minifalda que se subía en la parada. La enamorada, loca de celos, protestaba sin estilo y con poca gracia.
Al detenerse el vehículo en calzada de Tlalpan el pleito iba llegando a mayores. Ella lloraba inconsolable mientras él trataba de justificarse: «ni la conozco, no sé quién es, es horrorosa», aunque la Horrorosa se indignara al escuchar el calificativo. «Pero te gusta», lloraba la novia. «¡Que no! Entiende, sólo tengo ojos para ti». El drama se prolongaba hasta la glorieta de Huipulco, donde por fin él lograba calmarla y nuevos besos reconciliatorios aliviaban el estrés de todos los pasajeros.
Luego de cruzar el Viaducto Tlalpan y entrar a Acoxpa, en el clímax del apaciguamiento, comenzaban a planear su próxima boda: «Será en casa de mi madre, el patio es enorme, tendremos montón de invitados». Él, como es lógico, titubeaba un poco: «Bueno _________sí, pero falta mucho para eso; tengo que acabar la carreara primero y conseguir un buen trabajo»/ «No te preocupes», lo interrumpía, «trabajarás con mi papá, él te puede conseguir un buen puesto». «Imposible», trataba de defenderse: «yo quiero ser médico, no puedo dedicarme a un taller mecánico, por grande que sea». En ese momento la combi se detenía en FISISA, cuatro pasajeros bajan lamentando perderse el final de la historia. La Horrorosa y un señor viejito eran los únicos que quedaban y estaban francamente absortos en los arreglos de la pareja. Al arrancar de nuevo, los planes a futuro parecían desmoronarse: «No puedo estar nueve años de novia esperando a que termines tu residencia y luego hagas la especialidad en Houston como me dices, entiende que te amo tanto que no podría estar lejos de ti, nada tendría sentido». «Estoy igual, amor, pero creo que nos estamos precipitando». Sí, las palabras incorrectas dichas justo al cruzar Prolongación División del Norte.
Nuevamente un violento sollozo hacía brincar a todos los pasajeros y hasta el chofer, que por poco choca con un volksvaguen que salía del estacionamiento de Banamex. Él trataba de tranquilizarla y buscaba argumentos sensatos que la convencieran de su amor, pero el cruce con Canal de Miramontes se aproximaba y ella tenía que bajarse apenas una cuadra después, ¿cómo hacerlo sin haber resuelto esta dificultad? ¿Cómo bajarse dejando a bordo al amor de su vida, sin un acuerdo para su futuro juntos? Al pasar la combi entre El Sardinero y Aurrerá ella tomaba una decisión, probablemente la más difícil de la semana: «No tiene caso seguir con esto, eres libre de hacer lo que quieras, yo superaré nuestra separación por difícil que sea. Chofer, por favor déjeme en El Fortín». Descendía del vehículo todavía entre lágrimas y largos suspiros, pero resuelta y convencida de que así sería mejor para ambos, es más, este sujeto ni siquiera valía una sola de sus lágrimas, mucho menos sus sacrificios ¡vaya pendejo! Luego de caminar tres cuadras hasta su casa, su corazón latía satisfecho y agradecido por haber amado tan intensamente. Ya sosiega pensaba: «Tal vez mañana o pasado conoceré al verdadero gran amor de mi vida».